A nadie se le escapa que vivimos en un mundo en crisis, en un mundo de grandes cambios, en lo Ecológico, en lo Social, en lo Económico e incluso en el nivel cósmico.

  • En lo ecológico, por lo que se refiere a la explotación, excesiva, irracional y egoísta, de los recursos naturales de nuestro planeta Tierra.

Algunos factores son de gran importancia para nuestro futuro inmediato. Por ejemplo el calentamiento global del planeta, debido a una industrialización descontrolada, con sus consecuencias del deshielo de los casquetes polares y el aumento progresivo e imparable ya del nivel de los océanos, la polución por desechos químicos y radiactivos en tierras, aguas y atmósfera y las transmutaciones genéticas en muchas especies vegetales y animales, para poder alimentar a la superpoblación del planeta.

Sus efectos ya se hacen ver en los cambios climáticos que se va produciendo paulatina... o abruptamente en diversas partes del mundo, en los terremotos, erupciones volcánicas y catástrofes naturales que cada año parece que van en aumento y llenan los noticieros internacionales de tanto en tanto. Todo ello son señales de que se avecinan cambios en la Tierra que deben ponernos en alerta roja.

  • En lo social vemos cómo se incrementan cada vez más las oleadas migratorias de las gentes más pobres que transmigran, buscando nuevas esperanzas para una vida de mejor calidad en países más ricos.

Esto conduce inexorablemente a un desarraigo social, cuyos efectos se traducen en el aumento de la delincuencia, simplemente para poder sobrevivir en condiciones adversas, en el aumento de la adicción a las drogas, para tratar de encontrar a través de ellas los paraísos de esperanzas que no encuentran en la realidad que viven y en muchos otros canales oscuros que indefectiblemente conducen a la deshumanización sobre todo de los más jóvenes.

  • En lo económico es ya plenamente patente la gran crisis mundial a la que se enfrentan la mayoría de países. Incluso China, considerada como una gran potencia económica, ya no tiene suficiente mano de obra para continuar con su inmensa cadena de producción para exportación mundial, como venía haciendo en los últimos años. Este proceso, a corto o medio plazo, repercutirá indefectiblemente en toda la economía mundial, con efectos que no podemos aún imaginar.
  • En el nivel cósmico, los grandes países más avanzados tecnológicamente en astronomía, ya han avisado sobre la inminencia, en este año, de una de las tormentas solares de radiaciones electromagnéticas más explosivas de los últimos siglos de las que se tienen registros científicos.


Pareciera como si también el Sol, y no sólo la Tierra, estuvieran "enfadados" con la conducta de los humanos... y con ciertos experimentos científicos secretos sobre los que se guarda "top secret".... a pesar de que algunos de ellos sean en cierta manera "vox populi", aunque sea como se dice... "rumores infundados".

Como filósofos, deberíamos también tener en cuenta las opiniones de astrólogos de renombre internacional, que nos hablan de que hemos entrado ya en la Era de Acuario y en su primera fase de "Hielo", o solidificación de las Aguas (que simbolizan la vitalidad y la psiquicidad, entre otras cosas), con sus consecuencias de rupturas y fragmentaciones (el hielo se rompe, el agua no), a todo nivel, desde el familiar, comunitario, social y estatal hasta lo internacional. Así, se están creando feudos, estados dentro de Estados y mafias de toda clase.

Todos estos factores confluyen con la opinión de numerosos historiadores actuales de que estamos entrando en una nueva Edad Media, pero esta vez, debido al fenómeno de la Globalización, es mundial y no únicamente local, como sucedió antes varias veces en la historia, en focos aislados de las diversas civilizaciones.

Sobre este tema, el profesor Jorge A. Livraga, fundador y primer Presidente mundial de la OINA, hace más de 50 años, había ya expresado opiniones que hoy en día se demuestra que están en plena concordancia con los hechos que referimos.

Urgen pues propuestas para tener soluciones alternativas, que puedan contrastarse con las "recomendadas" por los diversos Organismos Internacionales. La OINA tiene las suyas, que, sinceramente, consideramos muy válidas y posibles de realizar.

Concretamente:

- Promocionar a nivel internacional los 3 Principios constitucionales que la inspiran, a saber:

1.- "Fraternidad y Tolerancia"
Promover un ideal de fraternidad universal, basado en el respeto por la dignidad humana, más allá de las diferencias raciales, de sexo, culturales, religiosas, sociales, etc.

2.- "Conocimiento Universal"
Fomentar el amor por la sabiduría que promueva el conocimiento del universo, la naturaleza y el ser humano, a través del estudio comparado de filosofías, religiones, ciencias y artes.

3.- "Desarrollo Integral"
Desarrollar lo mejor de nuestro potencial humano, promoviendo la realización plena como individuos y nuestra integración en la naturaleza y la sociedad, no como meros espectadores sino como actores de un mundo a mejorar. Nuestro trabajo redunda en mejores individuos que den sostenibilidad al desarrollo social.

Estos Principios se relacionan íntimamente con las 3 Áreas de Acción, tanto a nivel individual como social, que propone la OINA: la Filosofía, la Cultura y el Voluntariado.

  • La Filosofía para aprender a ser mejores cada uno de nosotros, con el fin de hacer todos juntos un Mundo nuevo y mejor.
  •  La Cultura, no como una simple información, sino como la formación de un carácter capaz de discernir y "comprender", para erradicar la ignorancia, la cual, como es sabido, es madre de todos los males de la humanidad.
  • El Voluntariado, para aprender a ser socialmente responsables y asumir libre y desinteresadamente, de manera personal, los desafíos que los Estados actuales ya no pueden cubrir, porque les falta soporte y consenso social, como lo demuestran las numerosas huelgas y revoluciones que se suceden continuamente en todo el mundo.

Verano

Estamos a las puertas del verano. Una vez más viviremos -nos dejaremos vivir- por los cíclicos procesos de la Naturaleza. Sin embargo, más que quitar hojas de nuestro almanaque, o contar los días que se deslizan casi inadvertidamente, lo importante es tomar conciencia de cada momento que se vive.

El verano es un momento muy especial. Cientos de ideas poéticas, tradicionales, publicitarias y vulgares, han contribuido a que esta estación del año pierda gran parte de su sentido profundo.

Lo más corriente es considerar al verano como el período de “descanso”; pero estas vacaciones son algo más que reposo. Por lo visto se trata de que repose el alma, y el cuerpo se vuelva lo más activo posible en aquello que de más natural e instintivo tiene. Imágenes en la prensa, el cine y carteles callejeros, nos muestran un verano pletórico de trajes de baño, bebidas excitantes y exóticas, músicas psicodélicas, cabellos al viento y un grado general de desenfado y falta de seriedad.

En otros niveles algo más sutiles, el verano es la época del “justo descanso”, y la expresión de la “plenitud”. El fruto en sazón es el ejemplo del hombre maduro y serio que reposa tras los arduos trabajos del resto del año.

Y hoy, nosotros, pequeñas moléculas arrastradas por el viento de los acontecimientos y de las modas, nos preguntamos: ¿son las estaciones una pura casualidad de distribución en el año, o hay en estos ciclos algo más profundo cual un verdadero lenguaje de la Naturaleza.

De más está que nos inclinamos por la segunda versión. Si toda la Naturaleza vive a nuestro alrededor; si nosotros, que formamos parte de esta Naturaleza, nos vemos gobernados por ciclos de vida y muerte, de enfermedad y salud, de juventud y vejez; ¿por qué rechazar la idea del tiempo expresado en verano, otoño, invierno y primavera, como significativos de la vida de la Naturaleza?

Ciertamente el verano huele a madurez, a expresión cabal y lograda de la vida, y nos incita a sentirnos de la misma manera, en un juego de concordancias al que es muy difícil escapar.

No se trata, de escapar del influjo de la Naturaleza. Por el contrario, sintámonos maduros, plenos, llenos de sol que es energía, y sepamos vivir inteligentemente este verano. No es sólo el cuerpo quien ha de descansar; no es sólo el cuerpo quien ha de sentir esa plenitud; dejemos que el Hombre Interior sea también verano pleno y descansado de los problemas habituales.

El descanso no es cuestión de música, ni de bebidas, ni de una nueva moda, ni de la cercanía del mar o las montañas (aunque muchos de estos factores pueden ayudar). El descanso, en el hombre, es variar de actividad.

Si durante muchos meses, nos hemos agobiado en tareas rutinarias y maquinales, descansemos de ellas con una renovada creatividad: lecturas nuevas, conversaciones diferentes, otra distribución de las horas del día, otras calles para recorrer el mismo camino.

Si durante muchos meses, la monotonía diaria nos ha anquilosado la conciencia a la altura del cuerpo, renovemos el alma con la energía del verano. Es el momento oportuno para volver a enfocar la vieja pregunta: ¿Quién soy, de dónde vengo, a dónde voy? Hay respuestas en la claridad madura del verano, que el silencio oscuro del invierno puede no dejar ver.

Es ley en el hombre la constante actividad. Es inútil soñar con el romántico reposo del no hacer absolutamente nada, pues nunca logramos estar inactivos: si no trabajamos con las manos, lo hacemos con la mente; y si no pensamos, trabajamos con la psiquis; unas y otras cosas “cansan” por igual.

Para descansar hay que haberse cansado antes. Para dejar de buscar hay que haber encontrado previamente. ¿Es que efectivamente todos nos hemos cansado tratando de buscarnos? ¿No es éste un buen momento para, variando de actividad, salir en busca de la madurez que promete el verano y que en el hombre se llama EVOLUCIÓN?

Delia Steinberg Guzmán.

Autor: Delia Steinberg Guzmán

En honor a la tolerancia, que debe ser el factor sobresaliente de la filosofía, me duele tener que escribir así acerca del mundo que nos ha tocado vivir. No soy de los que piensan que este mundo es negativo, y que todo tiempo pasado fue mejor; ni tampoco de aquellos que postergan la felicidad para un futuro que no podemos precisar.

Me preocupa la cantidad de incongruencias, incoherencias, por no llamarlas definitivamente mentiras, que estamos obligados a soportar. Ni siquiera se disimulan las falsedades, sino que, al contrario, se presentan exactamente como si fueran lo contrario, convencidos de que somos tontos, y basta con que una información provenga de los medios de comunicación para que la consideremos verdadera.

Qué nos venden

  1. Nos venden un mundo en progreso indefinido en el que todas las cosas van hacia lo mejor.
  2. Nos venden un mundo democrático, aunque este concepto se ha convertido en el “comodín” de cualquier movimiento político, religioso, educacional, empresarial, de lo que venga a cuento. Decir democrático es decir libre.
  3. Nos venden un mundo tolerante, en el que, al contrario de siglos anteriores, hemos aprendido a convivir unos pueblos con otros, en que todos respetan las diferencias, las creencias religiosas y las formas de pensar.
  4. Nos venden un mundo comunicado e informado por los medios más variados.

Nada de esto es cierto. NADA. Y lo peor es que, por cansancio o ignorancia, terminamos por creer y por aceptar lo que nos venden. Todo ese material se ha introducido subrepticiamente en nuestras mentes, y terminamos usando los mismos conceptos sin saber lo que estamos diciendo.

Veamos.

  1. Ante el progreso indefinido, nos encontramos con una bancarrota económica que en este momento afecta aun a los países considerados más ricos del mundo. Y unos países arrastran a otros, porque todas las finanzas crean lazos invisibles de efecto dominó. Eso, por no mencionar las hambrunas que asolan tantos países pobres, y las guerras y guerrillas que impiden el paso de alimentos y artículos de primera necesidad para aliviar tanto dolor.
  2. No somos libres. Cuando acudimos a las urnas, lo hacemos tras unas campañas electorales que más bien parecen desfiles de modelos, plagadas de discursos vacíos, y sobre todo de descalificaciones hacia los partidos “contrarios”. ¿Por qué han de ser “contrarios”? ¿Es que la democracia no admite la multiplicidad?
    A veces no somos libres ni para circular de un país a otro, a pesar de las estrechas alianzas económicas que los unen. No somos libres para afrontar las migraciones de gente desesperada por la miseria, sencillamente porque no podemos hacer lugar a tantas personas, cuando hasta los propios habitantes de cada país también están al borde de la indigencia.
  3. Me gustaría saber dónde está la tolerancia. Bajo unos nombres u otros, la agresión es la noticia cotidiana. Nunca se han visto tantos enfrentamientos étnicos, sociales, religiosos, por no mencionar los sexuales o asexuales.
  4. La mayor parte de la comunicación es peor que el opio. Nos adormece y nos engaña sin piedad. Nos obliga a entrar en tramas de las que luego no podemos desprendernos, nos introduce en trampas de las que no podemos deshacernos. Somos esclavos de las computadoras, grandes, pequeñas y de bolsillo; de los teléfonos, de los mensajes abreviados que degradan los lenguajes; de las redes sociales que destruyen nuestra intimidad…

Quién nos lo vende

Esta es una cuestión delicada que, por falta de conocimiento concreto y, sobre todo, de pruebas, me cuesta abordar. Viene en mi ayuda el “mito de la caverna” que describe el filósofo Platón en su libro La República.

No hace falta extenderse en el contenido del mito porque es muy conocido. Se trata de una caverna (el mundo) donde todos estamos encerrados, aunque encantados de estarlo, porque dentro de la caverna se nos ofrecen todo tipo de imágenes falsas con visos de realidad, tan convincentes como para que nadie quiera salir de allí.

Nadie conoce a los “amos de la caverna”, pero es evidente que alguien, o algunos, han montado esta prisión disfrazada de un mundo feliz. Esto permanece así hasta que un atrevido decide romper sus cadenas y salir a ver lo que pasa en el exterior. Y aquí comienza el drama: el que sale comprueba el engaño, intenta contarlo a los demás y se encuentra con una absoluta incomprensión, porque al parecer todos gozan de sus cadenas…

Sinceramente, creo que nuestro mundo, al completo, en todos los continentes y en todos los países, está regido por los “amos de la caverna”. No los conocemos, no son los que dan la cara y ocupan las páginas y las pantallas de los medios de difusión, no; los visibles son sus títeres y ellos permanecen en el anonimato para seguir trabajando a gusto.

¿Por qué nos venden tantas mentiras?

Porque no hay nada mejor que un pueblo engañado, debilitado, idiotizado, para poder manipularlo mejor. Los que viven intoxicados y casi inconscientes, creen cualquier cosa, y son capaces de hacer cualquier cosa.

Algunos títulos sugerentes

Mientras vivimos al margen de la realidad, se propagan hechos como los que siguen, que he tomado al azar de un periódico de unas semanas atrás. Aunque en pocos días estas noticias pueden variar, no cambia la dirección de las cosas. No necesito inventar nada.

  • “Los atentados terroristas disparan la violencia entre Israel y Gaza”
  • “Un comando talibán asalta el centro cultural británico en Kabul”
  • “Un atentado en una mezquita de Pakistán causa 48 muertos”
  • “La presión de Occidente no logra frenar las matanzas del régimen sirio”
  • “Turquía desentierra el hacha de guerra para aplastar a la guerrilla kurda”
  • “Los combates entre rebeldes y gadafistas atenazan Trípoli”
  • “Centroamérica y el Caribe debaten un frente común contra el crimen”
  • “El Papa alerta a los docentes sobre ‘los abusos de una ciencia sin límites’”

Y sin títulos específicos: revueltas estudiantiles, huelgas, manifestaciones callejeras, enfrentamientos de grupos a favor o en contra de cualquier acontecimiento con muertos y heridos, robos y atracos, crímenes, y para qué seguir…

No somos tontos

No nos podemos permitir serlo. Bastaría con ejercitar la facultad de comparar lo que se vende con lo que hay. Informarse está bien. Pero los medios de comunicación no tienen la verdad absoluta: ¿hemos probado alguna vez leer la misma noticia en dos periódicos de diferente filiación política?

Hay que aprender a ver lo que tenemos alrededor, a escuchar lo que cuentan las personas de sus propias vidas. Las calles hablan, la gente también; tienen su lenguaje particular relativamente fácil de captar.

No somos tontos. Pero tampoco somos inteligentes, porque por ahora no podemos encontrar soluciones que no caigan en el radicalismo y la violencia.

¿Hay soluciones?

Claro que las hay. Seguramente cada grupo vendedor de fantasías presentará sus aportes. Nosotros proponemos la Filosofía. Nos consta que, entre los filósofos más conocidos, Platón y Confucio ya lo hicieron.

No una filosofía teórica, porque con eso no movemos ni una mota de polvo. Proponemos una filosofía activa que nos enseñe a pensar, a usar la razón y no a distorsionarla. Una filosofía de valores morales que dignifique nuestros sentimientos. Una filosofía que nos ayude a resolver las situaciones cotidianas de nuestras propias vidas. Una filosofía que nos sitúe en la realidad y nos haga felices al mismo tiempo.

Así, tal vez, haciendo de cada uno de nosotros un ejemplo individual de transformación, podamos resolver los males que nos destruyen y construir un mundo diferente, esencialmente mejor.

 

Es tarea para el futuro, pero mucho más cercano de lo que parece si nos atrevemos a empezar por nosotros mismos.

 La filosofía, es un Arte, una Ciencia y también es una actitud ante la vida. Una ciencia porque implica buscar los porqués, una actitud que implica un arte, pues esas palabras no se pueden responder de cualquier forma.

¿Qué es actitud ante la vida? 

Es vivirla con los ojos bien abiertos; es no tener miedo de indagar en lo que todavía no entendemos, es no tener miedo de mirar en el Universo y preguntarse por él, por uno mismo, por el Ser humano.

De todas las definiciones de filosofía que existen hay una que se atribuye a Pitágoras, y es a razón de que los sabios de su época se dirigían a él con gran veneración llamándolo sabio, el respondió: “No, yo no soy un sabio. Yo soy simplemente un amante de la sabiduría”. Es por ello que de esta expresión griega surgió el philosophos, aquél que ama a la sabiduría porque no la posee.

A este respecto Platón decía que no amamos lo que tenemos, sino lo que nos falta, y justamente es el amor el que nos lleva hacia aquello que nos hace falta, que nos completa y nos perfecciona.

Sin embargo hoy en día por la falta de aplicación de la Filosofía, de que es algo utópico, de que no sirve para nada, ha hecho que las personas intenten evitarla, de la misma manera que el que no ha aprendido a vivir, intenta evitar el estar a solas consigo mismo.

 Pero deberíamos preguntarnos ¿qué hacemos con aquello que nos asalta cuando uno se encuentra a solas consigo mismo? Y ¿por qué la vida, la muerte,  por qué el dolor, por qué envejecemos,  por qué nos pasan las cosas que nos pasan? En el mundo hay sufrimiento, hay dolor y cuando uno es feliz y ríe, difícilmente se pregunta “¿por qué me pasa esto a mí?”

Parece ser que los seres humanos aprendemos cuando algo nos duele y el Arte de Vivir nos enseña que cada vez que sufrimos hay que detenerse y preguntarse “¿por qué sufro?, ¿qué me está intentando enseñar la vida en este momento?, ¿qué hay detrás de este dolor?, ¿qué experiencia importante puedo extraer?”.

 Cuando Sócrates decía: “Sólo sé que no sé nada”, no lo decía por conformarse con no saber nada, sino que es un reconocimiento de lo que no se sabe y un punto de partida para aprender.

Después de muchos siglos todos seguiremos planteándonos estas preguntas, y basta que nos exijan una respuesta para que la filosofía se vuelva útil, práctica y necesaria. La filosofía es la Gran Educadora porque nos enseña a vivir, porque lo más difícil de todo, que es Vivir, casi nadie lo enseña.

No se puede pasar por la vida dejando que nos arrastren; tal vez esto también constituya el Arte de Vivir, y en lugar de ser un tronco de árbol que va a la deriva en un río, tener la capacidad de construir una barca con el tronco, unos remos, y poder dirigimos a nosotros mismos a través de la corriente.

Autor: Jorge Alvarado Planas

Con la entrada de la primavera, hace unas pocas semanas, todos sentimos y olemos en la Naturaleza la alegría de los nuevos brotes que se preparan para iniciar su renovado ciclo de vida. La Tierra se viste de verde y muchos animales salen de su letargo invernal. Incluso dentro de las ciudades, los seres humanos sienten la renovación y se visten con ropas más ligeras, más coloridas y muestran más vitalidad y ganas de salir, de diversión pero también de trabajo.

Nuestro cuerpo siente la primavera de manera natural, sin que ni siquiera nos demos cuenta, por medio de la razón, la mayor parte de las veces. Y, sin embargo, nuestra conciencia debería prepararse más correctamente para este hecho. Los pueblos antiguos nos han legado muchas tradiciones y ceremonias festivas para que pueda el ser humano aceptar de manera consciente estos cambios de las estaciones del año, que están determinados por movimientos astronómicos en el cielo y que influyen vivamente en la Naturaleza y en todas las criaturas de la Tierra.

Las ceremonias que festejaban la primavera en las civilizaciones antiguas y, en general, en los pueblos tradicionales eran muy ricas en simbolismo y tenían gran importancia para la renovación, tanto de la vida agrícola como también de los mismos seres humanos en la sociedad. Las casas se blanqueaban nuevamente, las herramientas se desempolvaban y se les daba aceite, los utensilios y los muebles se limpiaban y abrillantaban, las ropas salían de los arcones y se ventilaban y todo se renovaba junto con la Naturaleza, entrando en un nuevo orden.

Paralelamente, los seres humanos preparaban ofrendas a sus dioses, que tenían como objetivo agradecerles y pedirles que fueran propicios en el nuevo ciclo de la vida. Y todo terminaba en grandes fiestas, con canciones y bailes, normalmente de movimiento circular, que alababan la primavera. No eran pocas las veces que estas fiestas acababan en bodas. Claro que en ocasiones extremas y puntuales acababan en orgías desenfrenadas y en excesos sexuales con consecuencias desagradables.

Para muchos pueblos, el nuevo año comenzaba en primavera, como nuevo ciclo de despertar de la vida. Es el momento de los nuevos juramentos y de los nuevos planes para el año, pero también de hacer balance del año que ha pasado. Así, se puede estimar los errores pasados e introducir un programa para corregirlos y que no vuelvan a suceder. Es el momento adecuado para sopesar el pasado con el futuro inmediato, consolidando el presente en la nueva vida que empieza, que se abre delante de nosotros, porque eso es lo que significa “primavera”.

Es hermoso e importante intentar también nosotros, seres humanos del s. XXI, revivir tales tradiciones, adaptándolas a nuestra época, pero sobre todo, manteniendo su esencia, como una manera de tomar el relevo ígneo de nuestros antepasados y mantener vivo el fuego de su sabiduría. Esta es tarea para filósofos de acción, para idealistas que quieren aplicar las enseñanzas filosóficas y tradicionales en la práctica. Y esto es lo que intentamos en Nueva Acrópolis.

Llega San José y en Valencia nos da por quemar las Fallas, descubre cuál es el:

Simbolismo de… el fuego

Autor: M.A. Carrillo de Albornoz y M.A. Fernández

La mayor parte de los aspectos del simbolismo del fuego están resumidos en la doctrina hindú, que le confiere una importancia fundamental. Agni, Indra y Surya son los fuegos de los mundos terreno, intermedio y celeste, es decir el fuego ordinario, el rayo y el sol. Existen además el fuego de penetración o absorción, Vaishvarana, y el de destrucción, otro aspecto de Agni.

Nueva Acrópolis símbolo FuegoSegún el Yi King el fuego corresponde al sur, al color rojo, al verano y al corazón. También a las pasiones, sobre todo al amor y la cólera. Su significación sobrenatural se extiende desde las almas errantes hasta el Espíritu divino.

Es el símbolo divino esencial del mazdeísmo. La custodia del fuego sagrado se extiende por todo el mundo antiguo.

La liturgia católica del fuego nuevo se celebra en la víspera pascual.. Existen las lenguas de fuego de pentecostés como imagen de la sabiduría.

Los taoístas entran en el fuego para librarse del condicionamiento humano, como lo hizo Elías en el carro de fuego. Evoca también el fuego que no quema del hermetismo occidental, purificación alquímica simbolizada por la salamandra.

Buda sustituye el fuego sacrificial del hinduismo por el fuego interior, conocimiento penetrante, iluminación y destrucción de la envoltura.

El aspecto destructor del fuego comporta también un aspecto negativo y su dominio es también una función diabólica. Un fuego que quema sin consumir, pero que excluye para siempre la regeneración.

En las tradiciones célticas los druidas encendían grandes fogatas, por las que hacían pasar el ganado para preservarlo de las epidemias, ceremonia característica de las culturas agrarias. En el Popol Vuh, los Héroes Gemelos, dioses del maíz, mueren en la pira encendida por sus enemigos para renacer luego encarnados en el brote verde del maíz.

En los ritos iniciáticos de muerte y renacimiento, se asocia a su principio antagonista, el agua. Para los aztecas, el fuego terrestre, ctónico, representa la fuerza profunda que permite la unión de los contrarios y la ascensión del agua a las nubes, es decir, la transformación del agua terrenal en celestial.

Ciertas cremaciones rituales tienen por origen la acepción del fuego como vehículo del mundo de los vivos al de los muertos.

Los Tronos, en la Biblia, son ardientes, e invocan la etimología de la palabra “serafines” para declarar que estas inteligencias superiores son incandescentes, y revela la manera en que las inteligencias celestes se conforman a Dios.

Hoy celebramos el Día Internacional de la Mujer con este artículo de Delia Steinberg Guzmán que nos habla sobre la feminidad y la necesidad de retornar al origen de lo que esta palabra significa.
ATENCIÓN: Hay una pequeña sorpresa para los que leáis el artículo hasta el final ;)

Reivindicación metafísica de la mujer

Desde hace ya varios años se viene celebrando el "Día Internacional de la Mujer Trabajadora", fecha que se aprovechó para resaltar no solo su capacidad e inteligencia en el trabajo, sino...

...para exponer una amplia gama de reivindicaciones feministas que van desde lo político a lo sexual. En este sentido, se continúa con la tónica que desde hace un par de siglos sacude a Europa y a Occidente en general: revalorizar el papel de la mujer en la sociedad, otorgarle un sitio fijo y reconocido por las leyes, liberarla de las múltiples tiranías que la subyugaron durante tanto tiempo.

Como mujer –y como autora de este artículo–, no pretendo sumarme a esta corriente, y no porque la considere injusta. Simplemente quiero repasar las raíces de este movimiento feminista, descubrir verdades y mentiras al respecto, y destacar que, a mi entender, estas reivindicaciones no siguen un camino acertado. En todo caso, el feminismo, tal y como ahora se entiende, conseguirá unas mujeres artificiosas, cada vez más parecidas a los hombres, pero cada vez menos identificadas con su verdadera misión.

El feminismo actual es más bien un antimachismo, reacción lógica ante determinadas exageraciones de la Historia; pero no intenta rescatar los valores auténticamente femeninos, sino poner a la mujer en condiciones de ocupar los mismos puestos que el hombre, a veces es cierto que para llenar vacíos (que ya es otro tema), si bien en general es a causa de un revanchismo que logrará calmar los nervios aunque no consiga restituir el equilibrio social. En lugar de comenzar la obra por el espíritu, para terminar rematando la forma, hoy se trabaja exclusivamente con formas sin contenido, variables y transformables, como nos lo enseña la Historia en abundancia. Y, más allá de estas reivindicaciones político-sociales que desembocan ya en lo grosero, ¿qué caracteriza a la mujer?
De ahí este intento de encontrar sus fundamentos metafísicos y, desde allí, volver la vista a la vida cotidiana en busca de mejoras. Hace mucho –demasiado– que no se clama por el reino espiritual de la mujer, y sin esa fuerza, creo insostenibles todas las otras conquistas y peticiones. Enfocaremos este análisis desde dos puntos de vista: histórico y esotérico; el uno para recordar el papel concedido a la mujer a través del tiempo y las culturas, y el otro para recoger la sabiduría tradicional sobre la cuestión.

Un poco de tradición esotérica

Cuentan los antiguos tratados de sabiduría que hace millones de años atrás no existían hombres ni mujeres diferenciados; solo hermafroditas poblaban la faz de la Tierra. Pero, cuando la marcha evolutiva así lo impuso, se dividieron los sexos en oposición y complemento constante, en busca de la unidad perdida, para poder llegar, en un futuro lejanísimo, a una reunificación andrógina, no por suma, sino por superación de la dualidad.
Todos los pueblos de la Antigüedad registraron en sus símbolos filosóficos y religiosos este hecho natural, y a partir del Uno Universal sin polaridades, vemos aparecer parejas primordiales que representan lo masculino y lo femenino con características propias y comunes: propias como efecto de la división, comunes por proceder de la misma raíz.
En líneas generales, la mujer fue el símbolo de la materia-madre-mar, y el hombre lo fue del espíritu-padre-fuego. Pero eso no impidió que existieran diosas del fuego o dioses de las aguas, entendiendo que uno y otro elemento son parte de una Unidad Primera que los contiene y justifica.
Si abordamos las modalidades masculino-femenina con más detalle, en atención a la constitución septenaria de los humanos, viene a resultar que cada plano o cuerpo tiene una polaridad propia –positivo/activa o negativo/receptiva–, según se trate del hombre o de la mujer.

Podemos verlo en el siguiente cuadro:
1- Denominación sánscrita: ATMA – Denominación actual: VOLUNTAD.
2- Denominación sánscrita: BUDHI – Denominación actual: INTUICIÓN.
Polaridad en el hombre: negativa – Polaridad en la mujer: positiva.
3- Denominación sánscrita: MANAS – Denominación actual: MENTE PURA.
Polaridad en el hombre: positiva – Polaridad en la mujer: negativa.
4- Denominación sánscrita: KAMA MANAS – Denominación actual: MENTE EGOÍSTA.
Polaridad en el hombre: negativa – Polaridad en la mujer: positiva.
5- Denominación sánscrita: ASTRAL – Denominación actual: EMOCIONES.
Polaridad en el hombre: positiva – Polaridad en la mujer: negativa.
6- Denominación sánscrita: PRÁNICO – Denominación actual: VITALIDAD.
Polaridad en el hombre: negativa – Polaridad en la mujer: positiva.
7- Denominación sánscrita: ETERO-FÍSICO – Denominación actual: CUERPO MATERIAL.
Polaridad en el hombre: positiva – Polaridad en la mujer: negativa.

A nivel físico, pues, el hombre tiene más fuerza y capacidad activa que la mujer, la que, en cambio, en el plano vital tiene más resistencia frente al hombre, que sufre más desgaste. En el mundo emocional, la mujer es más receptiva que el hombre, y en el mental, el hombre resulta más idealista ante la mujer, que es más concreta.
En los planos superiores es mucho más difícil establecer características tan definidas, pero podemos apuntar una mente pura que es concreta en lo masculino, y la misma mente como idealista en lo femenino; la intuición es más activa en la mujer que en el hombre.
Sin tomar estas definiciones de manera categórica, pues todo en la Naturaleza está armónicamente combinado, resulta que, a la luz del conocimiento tradicional, no hay un sexo superior al otro, sino polaridades complementarias en todos los planos, que determinarían mayores o menores facilidades para ciertas funciones que van desde lo físico hasta lo metafísico.

La pérdida del simbolismo profundo por parte de las religiones, a medida que estas se iban “exoterizando” más y más, contribuyó a crear relaciones erróneas o mal interpretadas. Por ejemplo, la materia y el mar fueron indicativos de cambios repentinos y variabilidad psicológica y mental, más que de vida y fluidez de conciencia. La razón y la inteligencia fueron concebidas como rasgo masculino, en contraposición a la percepción y la intuición explícitamente femeninas.
La pérdida incluso de los símbolos exotéricos ha simplificado el panorama al máximo: Dios es hombre; por lo tanto, el hombre es bueno, y la mujer no puede menos que relacionarse con la contraparte enemiga de Dios: el demonio.
Sin embargo, durante siglos perduraron las auténticas tradiciones fundadas en la sabiduría, que concedieron posibilidades equivalentes en todos los terrenos al hombre y a la mujer, la opción de desarrollar sus poderes latentes y expresarlos con más perfección cuanto más sabios fuesen. No es de extrañar que los ancianos hayan merecido veneración en tantas civilizaciones, como símbolo de evolución marcada por los años bien vividos y plenos de experiencia. Y ya que nos preocupa el tema de la mujer, cabe recordar la importancia atribuida a las viejas sacerdotisas, las poseedoras de los más temibles secretos, las que están "al margen de la edad".
Hombre y mujer son, pues, igualmente sagrados mientras haya dualidad en la manifestación, e igualmente sagrados cuando la dualidad se resuelva en la Unidad Primera. 

Un poco de historia

Aunque si nos esforzamos, podemos traer a la memoria varios nombres de mujeres sobresalientes, lo cierto es que son muy pocos al lado de los nombres de los hombres.
¿Es que ha habido escasas mujeres destacadas, o es que estamos acostumbrados a una particular visión y enfoque de la historia, que no es ni el único ni el más acertado?
Personalmente me inclino por la segunda versión: la historia, más allá de su pretensión de ciencia, nunca ha llegado a ganar objetividad, lógica y rigor científico, porque depende mucho de los hombres que la escriben, de sus ideas, sentimientos, y también depende de las modas y opiniones que manejan a los grupos humanos en cada época.
Hablar de la historia de la humanidad es hacerlo de la historia del hombre, pero de un hombre que rebasa lo genérico y se extiende hasta difuminar el papel de la mujer. Sin embargo –y no faltan quienes lo señalan–, detrás de todo gran hombre, habría que buscar la figura más o menos silenciosa de una gran mujer... o de una mala mujer.
Es curioso comprobar que, más que la historia propiamente, han sido las religiones exotéricas las que han contribuido a relegar lo femenino a los antros oscuros del "mal". Los argumentos son suficientemente explícitos y repetitivos: la mujer es buena solo en cuanto es madre, y es respetable como abuela, como viuda y anciana; por lo demás, hay que "salvarla" de sí misma y de su propia y desordenada naturaleza emocional.
Es curioso comprobar que cuando una mujer lograba –o logra– destacar, ha sido más la moral hipócrita que el juicio de la historia la que ha logrado que fuera mal mirada, como si así traicionara su obligado anonimato y su obligada función de maternidad.

Es curioso asimismo comprobar que la mujer, naturalmente dotada para lo sagrado, lo místico y lo intuitivo, haya sido alejada de tan nobles actividades, para adularla y rebajarla a su condición animal y sexual y así poder compensarla luego con unos premios que no son tales ni se adaptan a la realidad femenina. Una vez más: ¿quién ha obrado así: la historia o el fanatismo religioso?
Hagamos ahora un rapidísimo recorrido por el tiempo, cosa que nos impedirá detenernos en todas y cada una de las culturas conocidas, como hubiera sido nuestro deseo.
No obstante, y en líneas generales, señalaremos que en todos los pueblos antiguos –occidentales, precolombinos, del lejano y del medio Oriente–, la mujer ha desempeñado un papel religioso importante, sin por ello despreciar el aspecto de madre. Y, al decir religioso, no nos referimos solamente al cumplimiento de sus deberes, o a su individual cuota de piedad, sino a un papel activo como sacerdotisa y como vestal o cuidadora del fuego y los elementos sagrados.

Asimismo, es de destacar que en estas culturas pretéritas, la imagen de los dioses (en este caso, de las diosas) era un modelo vital a seguir. Cuando las religiones estaban vivas y en su apogeo, alimentaban con su fuerza a sus seguidores, y nunca faltó la figura de la Gran Madre como ejemplo inspirador para las mujeres.
En Egipto, y más allá de los cambios naturales en más de 3000 años de historia reconocida, Isis fue el espejo inestimable en el que mirarse. De ella se decía que "su corazón era más hábil que un millón de hombres, era más eminente que un millón de dioses, era más perspicaz que un millón de nobles muertos. Nada existía que no supiera bajo el cielo y en la tierra". De acuerdo con este arquetipo, la mujer podía ser una excelente reina gobernante, una eficaz ama de casa, esposa y madre, o una sacerdotisa sagrada desde la gran diosa Hathor hasta el misterioso Amón. No había diferencia espiritual entre hombres y mujeres: unos y otras tenían sus funciones que cumplir en la tierra y las mismas oportunidades en el más allá.
En Mesopotamia nos encontramos con un proceso análogo al de Egipto en cuanto a la duración temporal de sus culturas, además del otro factor de la diversidad étnica de sus pueblos. Los antiguos sumerios tuvieron una idea elevada de la mujer y la consideraron en igualdad con el hombre; pero, a medida que prevalecen los grupos semíticos, la mujer se irá subordinando al hombre por completo.

Mientras el rol femenino fue activo y sagrado, encontrábamos desde las cortesanas sagradas dedicadas a Ishtar hasta las sacerdotisas de claustro severo; desde las hechiceras y agoreras hasta las grandes sacerdotisas que representaban a la Diosa Madre en la hierogamia o renacimiento anual del universo; desde las cantoras y danzarinas del templo hasta el clero femenino al servicio de los dioses –junto a los sacerdotes masculinos– en sus más variados cultos.
En la India apreciamos desde antiguo un fuerte patriarcado, aunque muy sensible a la influencia de la mujer. Existen relatos que nos muestran mujeres célebres por su sabiduría y su santidad, en todo similares a los de las diosas. El budismo manifestará un cierto recelo por las monjas, aunque no por ello dejará de aceptarlas.
China fue notable por su matriarcado, al punto de que en épocas arcaicas, los niños llevaban el nombre de la madre, ignorando a veces el de su padre. Desde sus raíces míticas, la mujer aparece como diosa en el cielo y soberana en la tierra, provista de grandes dotes mágicas. Su larga historia nos la muestra valiente y generosa, de gran corazón, si bien la decadencia de las formas religiosas hizo prosperar un rígido ritual que redundó en el progresivo sometimiento de la mujer al hombre.
Para referirnos a Grecia debemos hacerlo en principio a Creta, que concedió un lugar primordial a la Diosa-Madre, al punto de desenvolver un matriarcado o ginecocracia en que las sacerdotisas fueron más numerosas que los sacerdotes. La Grecia clásica conoció cultos extraordinarios a cargo de la mujer, y Afrodita (como amor, belleza y maternidad) tuvo infinidad de devotas, incluida la cultísima Safo, "décima musa" de las artes. La presencia femenina era fundamental en la mayoría de las ceremonias religiosas y en las más variadas festividades, sin contar aquellas que eran exclusivas y de las que los hombres estaban apartados totalmente.

Roma dio un sitio privilegiado a las matronas que, además de su función familiar y social, solían cumplir con tareas sacerdotales individuales o al servicio de la colectividad. El colegio de las vestales fue la más célebre de las instituciones religiosas; se encargaba de vigilar el fuego sagrado de Roma, pues el fuego de Vesta era el hogar común de todo el pueblo. Las vestales, castas y sobrias por excelencia, eran depositarias de un poder mágico que salvaba de la muerte a los condenados y mantenía el secreto de los misterios.
La persistencia de algunos cultos y festividades en los que participaban por igual matronas, sirvientas y cortesanas nos sugiere otras épocas en que las mujeres estaban agrupadas por edades y categorías internas que no tenían relación con las clases sociales, sino con la función sagrada a cada una atribuida.
La mujer romana, que había participado activamente en círculos literarios y escuelas filosóficas, se vio nuevamente sometida con el advenimiento del cristianismo, a partir del emperador Constantino.
Aunque enfrentados con los romanos, los celtas tuvieron, sin embargo, similar respeto por el carácter femenino y por las diosas-madres. Entre ellos encontramos druidas, sacerdotisas cultas y místicas, junto a otras llamadas "brujas", vírgenes apartadas que aplicaban ritos para provocar y apaciguar tempestades, curar enfermedades, predecir el futuro, metamorfosearse en variados animales... y no faltaron bravas mujeres que destacaron en la guerra.

Sin agotar las civilizaciones que hicieron historia y otorgaron funciones de gran responsabilidad a la mujer, entramos en un período especial en Occidente: la Edad Media, en que ya no hablaremos de uno u otro pueblo en especial, sino del estilo de vida que imponen los acontecimientos históricos, y fundamentalmente los religiosos.
Para el cristianismo, la mujer depende del hombre por cuanto Eva fue formada a partir de una costilla de Adán; la mujer está más marcada por el pecado original, ya que el hombre pecó por culpa de ella; así, debe redoblar sus esfuerzos para obtener la salvación. Debe someterse a la enseñanza y autoridad del hombre conservando una absoluta humildad intelectual y, sobre todo, guardarse de interpretar la palabra de Dios.
En épocas de san Pablo, se admitía a las mujeres para ciertas funciones prácticas en los templos, que en la sociedad pagana correspondían a los esclavos, pero que en la comunidad cristiana estaban santificadas por su objetivo. No hay mucha diferencia entre ser mujer y ser esclavo: la mujer es así por naturaleza; en cambio, la esclavitud, como institución, puede variar o se puede abolir. La salvación del alma, tanto del hombre como de la mujer, se apoya en buena medida en la virginidad, estado superior al matrimonio, válido para la mayoría de las sectas cristianas. Los viejos ritos paganos exigían asimismo pureza y continencia, pero momentáneos y en estrecha relación con determinados cultos y períodos del año.
Así se comprende que los paganos juzgaran a los cristianos como enemigos del género humano, ya que condenaban el matrimonio y consideraban a la mujer como un ser inferior.
Aunque la piedad popular se volcó bien temprano en la figura de María, esa devoción halló resistencias que demoraron siglos en ser superadas.
Pese a no aparecer explícitamente en el Evangelio, las mujeres son minorizadas por los padres de la Iglesia que las describen como "animales dañinos, males necesarios y peligros domésticos". Y valgan estos otros pocos ejemplos:
"Sois la puerta del Infierno, la ladrona del árbol prohibido, la primera desertora de la ley divina; sois la que persuadisteis a aquel a quien no tenía el demonio, bastante valor para atacar. Destruisteis la imagen de Dios, el hombre..." (Tertuliano).
"La mujer es el instrumento del centinela del Infierno, enemiga de la paz" (san Juan Damasceno).
"De todas las fieras, la más peligrosa es la mujer" (san Juan Crisóstomo).
Para san Agustín, la mujer no puede ejercer funciones de dirección, ni participar en actividades judiciales, ni enseñar dentro o fuera de la Iglesia.
En el concilio de Maçon (siglo VI), un obispo llegó a preguntar si la mujer podía ser llamada homo en el pleno sentido de la palabra... Y, sin embargo, fueron las mujeres las que más colaboraron en las conversiones al cristianismo.

Poco a poco se empezó a valorar a aquellas que se consagraban definitivamente a Dios manteniendo su virginidad, al principio encerradas en sus propios hogares, y luego, como monjas severamente enclaustradas en monasterios.
La vida de la mujer, como es lógico, se desenvolvió con muchos altibajos desde aquellos tiempos hasta nuestros días. Fue desde el aburrimiento en las cortes hasta convertirse en el ideal abstracto de los caballeros; desde las tareas en las beaterías, que absorbían el excedente de población femenina de los monasterios, hasta la vida en el convento; desde las santas hasta las reinas y princesas que empezaban a intervenir con tímidas opiniones.
Pero, durante mucho tiempo, fue claro que el hombre –y sobre todo el monje– tenían tres enemigos: el mundo, el demonio y la carne, los tres representados por la mujer. El impulso antifeminista siguió manteniéndose no solo en eclesiásticos y clérigos, sino también en burgueses y juristas.
El islam y el judaísmo no ofrecen matices variados al respecto: la mujer es claramente inferior al hombre. Hay, tal vez, un atisbo de excepción en las musulmanas españolas del Bajo Medievo, que destacaron en ciencias, poesía, medicina, derecho, enseñanza religiosa y formación de bibliotecas.
El Renacimiento hará oscilar a la mujer entre un animal imperfecto y "ser divino", desde la crítica de su fragilidad psicológica hasta el elogio de la castidad. No faltan mujeres religiosas verdaderamente piadosas y diligentes, ni vocaciones forzadas, o bacanales en los conventos. La creencia en las brujas se convierte en psicosis a partir del siglo XV y abundan bulas y estudios sobre el tema, así como afirmaciones irracionales: ¿por qué la mujer es más propensa a la magia negra?: porque es la maldad pura.

Entre el 1500 y el 1700, ninguna podía considerarse libre de una acusación de brujería; bastaba una cualidad especial –talento, enfermedad, deformación o belleza– para despertar la sospecha. Hubo procesos con cientos de miles de víctimas estranguladas, decapitadas, quemadas... Desde el momento en que la bruja es la que copula con el diablo, la brujería se relacionó con la sexualidad en contra de la religión.
En los siglos XVII, XVIII y XIX, según las características de los diferentes países europeos, el papel de la mujer fue saliendo del ámbito familiar para adquirir mayor relevancia en la sociedad, a pesar de que el "hueso supernumerario" hizo decir a Rousseau que la dependencia es el estado natural de la mujer.
Comienza la época de las reivindicaciones civiles y políticas, morales y sentimentales, que producirán cambios considerables a partir de la segunda mitad del siglo XX. Y así llegamos al momento presente, en que la mayoría de los países occidentales admite una igualdad de principio entre el hombre y la mujer, y una participación cada vez mayor de la mujer en la vida económica, social y política, ocupando cargos que antes eran considerados exclusivos para hombres.

Y volvemos al que fue punto de partida de nuestro escrito: el afán ya desmedido de romper barreras, y hasta me temo que aun las más lógicas y naturales. Los reclamos rebasan lo sociopolítico y laboral y se centran en lo doméstico y sexual: "Manolo, la cena, te la haces tú solo"; "Somos mujeres, mujeres seremos, en la cocina no nos quedaremos"; "Somos malas, podemos ser peores"... Surgen concesiones de derecho al aborto y de defensa a las agresiones sexuales, los colectivos de lesbianas y de mujeres progresistas...

Pero ¿dónde está el progreso? ¿Es este el buen camino, el de la protesta y la revancha? ¿Logrará la mujer sentirse plenamente satisfecha por esta vía, segura de su papel en el mundo, segura de sí misma? ¿Dónde quedan los valores intelectuales, morales y espirituales que deberían ser argumento resplandeciente en la batalla? ¿Solo se busca la igualdad en la mediocridad, o sería preferible que cada cual, hombre y mujer, desenvolviese sus mejores y verdaderas aptitudes? En todo caso, la ultérrima y segura igualdad está dada por naturaleza y se manifiesta en el espíritu, que no es hombre ni mujer, sino nada más ni nada menos que la esencia del ser humano.
A tenor de lo que venimos recogiendo de la experiencia histórica, la mujer ha perdido sus raíces, sus fundamentos. Se ha visto desplazada de su función humana y divina, y hoy reclama a gritos tristes limosnas que la hunden más en su miseria.
Falta Dios, falta mística, ritual y ceremonia; faltan altares y sacerdotisas; faltan verdaderas escuelas de cultura; falta amor y sobra sexo. Faltan mujeres cabales y sobran hembras desconcertadas. Así pues, es otra la reivindicación que proponemos: no es un acto de protesta, es un gesto de evolución, una sabia mirada al pasado y una ferviente acción hacia el futuro, un descubrir y despertar la magia dormida que alguna vez hizo, y otra vez hará, de las mujeres verdaderas madres, dadoras de vida en lo físico, en lo moral, en lo intelectual y en lo espiritual.
La hora de lo metafísico ha sonado; no dejemos pasar el momento de abrir nuevas puertas al destino de la mujer, que es decir, por lo tanto, al destino de la Humanidad.

Fuente: Delia Steinberg

Y si quieres profundizar más en los misterios femeninos, aquí te dejamos un link para que entres en contacto con "El Alma de la Mujer"
http://www.nueva-acropolis.es/filiales/libros/DSG-El_Alma_de_la_Mujer.pdf

Seguimos con nuestra Semana del Amor, hoy:

¿CÓMO NOS ENAMORAMOS?

En el modo de comenzar, el amor se parece al deseo, porque su objeto –la persona amada– nos excita. Pero el acto amoroso no empieza sino después de esa excitación o incitación. Por el poro que ha abierto la flecha incitante de la persona amada brota el amor, y se dirige activamente a ella. Va del amante a lo amado; es un movimiento psíquico, una "íntima marcha" desde nuestro ser al del prójimo.

De esto se desprende que el acto amoroso, en su intimidad psíquica, es un proceso del alma que se prolonga en el tiempo; es como un chorro de materia anímica, un fluido constante que mana como de una fuente. Podríamos decir metafóricamente que el amor no es un disparo, sino una emanación continuada, una irradiación psíquica que del amante va a lo amado. No es un golpe único, sino una corriente.

Este rasgo del enamoramiento es común a todas las clases de amor: amor filial, amor maternal, amor a la patria, amor al arte, amor a la ciencia..., o amor a una mujer. Sí, hay algo común entre el amor a la ciencia y el enamoramiento: "Quietos, a cien leguas del objeto amado, y aun sin que pensemos en él, si lo amamos, estaremos emanando hacia él un fluido indefinible, de carácter afirmativo y cálido", dice Ortega. Y podría añadirse que todo lo que es diferente en el amor a la ciencia y en el amor a una mujer no es propiamente amor. De ahí que, generalmente, se usa la palabra enamorarse en un sentido demasiado amplio, pues hay amores en los que existe de todo menos auténtico amor: hay deseo, curiosidad, obstinación, manía, sincera ficción sentimental..., pero no esa cálida afirmación del otro ser, cualquiera que sea su actitud para con nosotros.

El enamoramiento en sentido amplio es, antes que nada, un fenómeno de la atención. Habitualmente, nuestra atención pasa de un objeto a otro, deteniéndose más o menos tiempo en cada uno de ellos. Pero imaginemos que, un buen día, nuestra atención queda paralizada, fija en un objeto; sería como si pusiéramos la mano delante de nuestros ojos, tapando por completo nuestro campo visual. El resto del mundo quedaría relegado, distante, casi inexistente. Lo atendido cobra para nosotros más realidad, más vigorosa existencia que lo desatendido, y se nos hace más valioso. Ese exclusivismo de la atención dota al amado de cualidades portentosas, no porque se finjan, sino porque, a fuerza de fijarse en ellas, adquieren para la conciencia una fuerza de realidad incomparable.

Pues bien, el enamoramiento, en su comienzo, no es más que eso: atención anómalamente detenida en otra persona. No se trata de un enriquecimiento de nuestra vida mental, sino que hay una progresiva desaparición de las cosas que antes nos ocupaban; la conciencia se estrecha y la atención queda paralítica: no avanza de cosa en cosa, sino que está fija, presa de un solo ser. Esto lo saben muy bien "los conquistadores" de ambos sexos, y muchos enamoramientos se reducen a una especie de juego mecánico sobre la atención del otro; un juego de tira y afloja, de solicitud y desdén, de presencia y ausencia, donde a veces se dice que uno "tiene sorbido el seso".

Esta fijación de la atención hace que exista una semejanza entre el enamoramiento y el entusiasmo místico, pues el misticismo es también un fenómeno de la atención. A fuerza de orar, meditar y pensar en Dios, este llega a estar siempre presente ante el místico. Llega un momento en que Dios deja de ser algo ajeno a la mente y se filtra dentro del alma, que se diluye en Él. Esta es la unión a la que el místico aspira.

También existe una proximidad extraña entre el enamoramiento y otro fenómeno de la atención: la hipnosis. Suaves pases de mano como caricias; hablar sugestivo y a la par tranquilizador; mirada fascinante... En ambos casos hay una entrega; al hipnotizador o a la persona amada, y en ambos casos se requiere voluntad: la hipnosis no puede realizarse en el ser humano si no es querida, de la misma forma que el enamoramiento debe ser siempre querido.

Cuando la atención se detiene en algo más tiempo o con más frecuencia de lo normal, hablamos de manía. ¿Es el enamoramiento un estado patológico? Hay algo que diferencia el enamoramiento, que es un fenómeno normal, de la obsesión o manía, que son fenómenos patológicos: puede afirmarse que todo el que se enamora es porque quiere enamorarse. En la obsesión patológica no hay conciencia ni voluntad propia, sino imposición ajena, fantasías desmedidas e incontroladas. En cambio, la "obsesión querida" es propia de los genios. Cuando a Newton le preguntaron cómo había podido descubrir su sistema mecánico del universo, respondió: "pensando en ello día y noche". Esto es una declaración de obseso, desde el punto de vista del hombre de mundo; pero para un hombre habituado a meditar, insistiendo sobre cada tema a fin de exprimirle todo su jugo, la ligereza con que la atención de ese hombre de mundo resbala de objeto en objeto es motivo de mareo.

Si te gustó el primer mini artículo de la serie, no puedes dejar de leer el segundo porque... ¿crees que solo existe un tipo de amor?

EL AMOR DEL ENAMORAMIENTO

Uno de los pocos autores que ha tratado en profundidad el enamoramiento ha sido Ortega y Gasset. En su obra Estudios sobre el amor, explica que el amor del enamoramiento se caracteriza por contener a la vez dos ingredientes: el encantamiento y la entrega. Nos sentimos encantados por otro ser y esto hace que nos entreguemos a él, o como dice el propio Ortega: "nos sintamos absorbidos por él hasta la raíz de nuestra persona, como si nos hubieran arrancado de nuestro propio fondo vital y viviéramos transplantados a él, con nuestras raíces vitales en él". No importa que la entrega –corporal o afectiva– se haya cumplido o no; lo esencial es que el enamorado se sienta entregado al otro.