Si te gustó el primer mini artículo de la serie, no puedes dejar de leer el segundo porque... ¿crees que solo existe un tipo de amor?

EL AMOR DEL ENAMORAMIENTO

Uno de los pocos autores que ha tratado en profundidad el enamoramiento ha sido Ortega y Gasset. En su obra Estudios sobre el amor, explica que el amor del enamoramiento se caracteriza por contener a la vez dos ingredientes: el encantamiento y la entrega. Nos sentimos encantados por otro ser y esto hace que nos entreguemos a él, o como dice el propio Ortega: "nos sintamos absorbidos por él hasta la raíz de nuestra persona, como si nos hubieran arrancado de nuestro propio fondo vital y viviéramos transplantados a él, con nuestras raíces vitales en él". No importa que la entrega –corporal o afectiva– se haya cumplido o no; lo esencial es que el enamorado se sienta entregado al otro.

Amor y voluntad deben estar de acuerdo. Por eso, generalmente, amar y querer se usan como sinónimos. Amar no es solo un poderoso sentimiento, es también un acto de voluntad. Amo porque quiero, o "quiero a quien quiero porque quiero quererle". Es poco probable que haya desacuerdo entre amor y voluntad, pero si así fuera, de forma que el alma enamorada reflexionase y encontrase "motivos respetables" para no amar o amar menos, entonces podemos decir que falta amor. Esa alma se siente vagamente atraída por la otra, pero no ha sido arrancada de sí misma; es decir, no ama.

La absorción del amante por el amado no es sino el efecto del encantamiento; otro ser nos encanta, y ese encanto lo sentimos por el suave y continuo tirón que da a nuestra persona. Hay algo mágico en todo ello, como en el contenido de las palabras encanto o encantamiento, aunque hoy día se usen de forma generalizada.

El encantamiento y la entrega son lo contrario al simple deseo. El fenómeno psicológico del deseo y el de "ser encantado" tienen signo inverso. En el deseo, el alma tira de lo deseado hacia sí misma; el que desea tiende a absorber el objeto. En el encantamiento soy yo el absorbido. El que desea no se entrega, quiere capturar. Desear algo es, en definitiva, tender a su posesión; de ahí que el deseo muere automáticamente cuando se satisface. En cambio, el amor es un eterno insatisfecho, y conlleva actividad permanente. El amor es muy fecundo, de él nacen pensamientos, acciones y también deseos; sin embargo, hay que separar claramente el amor del deseo. De alguna forma, deseamos aquello que amamos, pero deseamos muchas cosas respecto a las cuales somos indiferentes en el plano sentimental.

Tampoco hay verdadera entrega en la pasión. Estar dispuesto a suicidarse o a matar por amor demuestra que la pasión no es más que un estado patológico. Una persona que cae fácilmente en la obsesión, o de estructura muy simple o ruda, convertirá en pasión, es decir, en manía, todo germen de sentimiento que en ella caiga. Es preciso, pues, quitar al apasionamiento el aderezo de romanticismo con que se le ha ornamentado; de la misma forma que debería desecharse la creencia de que el hombre está enamorado en la proporción en que se ha vuelto estúpido o está dispuesto a hacer disparates. No se deben atribuir al amor los rasgos o caracteres de la persona que lo siente, aunque debemos tener en cuenta que, siendo el amor el acto más delicado de un alma, en él se reflejan la condición e índole de esta, por lo que podemos afirmar que según se es, así se ama.

Tampoco el cariño es amor de enamorado. En el cariño –que suele ser, en el mejor de los casos, la forma del amor matrimonial–, dos personas sienten mutua simpatía, fidelidad, adhesión, pero tampoco hay encantamiento y entrega. Cada cual vive sobre sí mismo, aunque envíe al otro suaves efluvios de estima y benevolencia.

Otro error frecuente consiste en creer que enamorarse equivale a sentir alegría, pues se confunde el amor con sus consecuencias. ¿Quién duda de que el amante puede recibir alegría de la persona amada? Pero a veces el amor es triste; más aún: el verdadero amor se percibe mejor a sí mismo por el dolor y el sufrimiento de que es capaz. No es extraño que la mujer enamorada prefiera las angustias que el hombre amado le origina a la indolora indiferencia.

Ortega dice que el enamoramiento necesita que se cumplan tres condiciones:

1) Condiciones de percepción, para ver a la persona amada. Hay que tener una especial capacidad de observación. No basta con la simple curiosidad; hay que ser "curioso de humanidad", y de esta en la forma más concreta: la persona como totalidad viviente, como módulo individual de existencia. Sin esta curiosidad, pasarán ante nosotros las criaturas más extraordinarias y no nos percataremos. En palabras de Ortega: "Esta curiosidad, que es a la par ansia de vida, no puede darse más que en almas porosas donde circule el aire libre, no confinado por ningún muro de limitación, el aire cósmico cargado con polvo de estrellas remotas". Por desgracia, muchos hombres y mujeres viven sumergidos en la esfera de sus intereses subjetivos y particulares, insistiendo cómodamente sobre lo conocido y lo habitual; por eso es tan difícil que se enamoren de una forma auténtica. La percepción puede ser mayor o menor, y muchos casos de anomalías amorosas se deben a confusiones en la percepción de la persona amada: ilusiones ópticas semejantes a las que se producen en nuestra visión física. A esto hay que añadir, además, la dificultad natural para percibir a las personas, a veces demasiado complicadas.

2) Condiciones de emoción, con que respondemos sentimentalmente a esa visión de lo amable. Percibir y tener capacidad de respuesta solo es propio de seres fuertes y vitales. El débil ni siquiera es capaz de una atención desinteresada a lo que pueda sobrevenir fuera de él; más bien, teme a lo inesperado que la vida pueda traerle, y se hace hermético a cuanto no se relacione con su interés particular.

3) Condiciones de constitución en nuestro ser, pues aun dándose las otras dos condiciones de percibir y sentir, puede suceder que ese sentimiento no invada ni arrastre nuestra alma, por ser esta poco elástica, poco vigorosa o hallarse desparramada.