Introducción

Ningún tema ha resultado al hombre tan interesante a lo largo de la Historia como la  ineludible realidad de la muerte. No en vano una de las preguntas clásicas de la filosofía es el porqué de la muerte. En los últimos tiempos también la biología ha renovado su interés por saber cuál es el sentido y la utilidad de la muerte. Y aunque no ha llegado a una conclusión definitiva, se ha abierto una línea de trabajo que aporta muchas y novedosas ideas.

Además, hoy en día con la evolución tecnológica el hombre ha comenzado a manipular la naturaleza en la creencia de que podemos conseguir la inmortalidad.

 Desde siempre se ha considerado la muerte como una característica intrínseca de todo lo vivo. La definición clásica de ser vivo es el que «nace, se desarrolla, se reproduce y muere». Esto conlleva la idea subyacente de que muerte y reproducción van juntas. Freud ya hablaba de los dos instintos fundamentales en el hombre, la pulsión sexual o libido, y la pulsión de muerte, o tanatos. Con la reproducción venimos a la vida, nacemos, con la muerte abandonamos esta vida, fallecemos.

Linneo es el que nos legó la idea de que la muerte del individuo era un bien para la especie, porque permite que la población se mantenga en unas proporciones adecuadas, en equilibrio con la naturaleza. Un simple cálculo matemático nos permite observar que cualquier especie que no muriese y continuase con su reproducción exponencialmente, invadiría el planeta en poco tiempo. Sin embargo, dicha idea a priori no justifica por sí misma la existencia de la muerte, porque para mantener un número determinado de seres vivos, la naturaleza tiene otros mecanismos. Por tanto, si queremos acercarnos al porqué de la muerte, debemos abandonar determinados razonamientos preconcebidos.

Inicialmente tendríamos que hacer dos distinciones. Por un lado habría que distinguir entre muerte natural y muerte accidental o artificial. La muerte natural es la que sucede en la mayoría de organismos tras un periodo de envejecimiento más o menos largo. Y la muerte artificial es la que puede sobrevenir a cualquier ser vivo por accidente. Mientras que hay organismos que han aprendido a evitar la muerte natural, y son teóricamente inmortales, todo ser vivo está expuesto a sufrir la segunda en un plazo de tiempo lo suficientemente largo: un accidente, ahogamiento, incendio... Es decir, puesto que la materia es perecedera, tarde o temprano se disgrega, aunque los ciclos a los que pueda hacerlo sean tan dispares, que en algún caso nos pueda dar la sensación, desde nuestra concepción particular del tiempo, de eternidad. Aunque consiguiésemos ser potencialmente inmortales y evitar el envejecimiento y la muerte natural, un accidente nos podría hacer desaparecer igualmente. En términos probabilísticos, si un fenómeno puede suceder, en algún momento de la línea del tiempo, aunque la prolongásemos hasta el infinito, sucedería. Por eso las teorías evolutivas interpretan que la selección natural no se ha preocupado de asegurar lo que no es asegurable, es decir, la inmortalidad. Sí que ha asegurado la descendencia, la continuidad de la vida material a través de nuevas formas.

Por otra parte hay que distinguir entre la muerte del individuo y la de sus células. La muerte del individuo supone la muerte a corto plazo de las células que lo componen. Por el contrario, durante la vida del individuo continuamente están muriendo células y siendo renovadas por otras nuevas. Además, no van parejas la longevidad de la célula y la longevidad del organismo. Se da la paradoja de organismos que duran miles de años, pero cuyas células viven un máximo de unos veinte años, y otros como el ser humano, que viven menos pero que tienen células como las neuronas, que son extremadamente longevas, viviendo tanto como el individuo al que pertenecen.

Hay otro razonamiento universalmente aceptado, que también es cuestionable. Decir que la muerte permite liberar a la especie de los individuos viejos para que así los jóvenes tengan más oportunidades, es admitir el envejecimiento como un proceso irreversible en los organismos, y aunque pueda parecer paradójico, la vejez no es algo universal. Hay organismos que no tienen un envejecimiento aparente. Viven siempre en estado joven, óptimo y luego de repente mueren. Ejemplos de esto son el bogavante, la escorpina, la abeja reina o algunos bambúes. Del mismo modo, hay otros organismos que pueden vivir tanto tiempo que serían según nuestra escala de tiempo, inmortales. Las bacterias generalmente no mueren de muerte natural, sino que al reproducirse desaparecen como tales, porque donde antes había una, ahora hay dos iguales, que no son madre e hija. No dejan un cadáver tras ellas. Su muerte se debe sólo a causas externas: tóxicos, antibióticos, falta de nutrientes, deshidratación, altas o bajas temperaturas, estrés osmótico... Y algunas bacterias ante condiciones desfavorables del medio exterior, son capaces de entrar en un estado de letargo, formando una espora, en espera de que las condiciones mejoren. Se tienen datos de esporas que han germinado luego de 25 millones de años (¡sí, han leído bien!) de “sueño eterno”.

El envejecimiento no es un proceso físico de desgaste, mecánico, proporcional al tiempo. Si pensamos en las ruedas de un coche vamos a ver que el desgaste de un neumático es proporcional al número de vueltas que ha dado. Sin embargo, en la naturaleza hay células que viven equis cantidad de años sin un aparente desgaste, mientras otras, a la mitad de tiempo ya están deterioradas. No existe una ley general de la materia: «a tanto tiempo, tanto desgaste». Lo vemos también con los organismos superiores, animales y plantas. Hay árboles como las secuoyas que resisten miles de años, mientras hierbas como las gramíneas duran una estación; hay insectos como las efímeras que duran un día, mientras los esturiones aguantan más de 150 años.

En los organismos en los que se da el envejecimiento, éste se manifiesta como un proceso irreversible equiparable al segundo postulado de la termodinámica: el crecimiento de la entropía, la progresiva desorganización. Los mecanismos que dan lugar a las manifestaciones del envejecimiento se resumen en la disminución paulatina tanto del número de células como de la actividad metabólica de cada célula. La vejez es un proceso intrínseco del organismo, no está provocado por las agresiones externas, no es eso de ¡qué mal te trata la vida! El medio externo lo puede acentuar, pero aun cuando estuviésemos dentro de una burbuja, en una atmósfera protegida, los signos del envejecimiento harían igual su aparición, de la misma y precisa manera. La vejez representa un estado de mayor vulnerabilidad, donde las capacidades del individuo se reducen. En general, los ancianos pueden morir por causas muy variadas, pero todas reflejan esa mayor fragilidad frente al entorno.

En la naturaleza, existen dos estrategias evolutivas para la supervivencia de la especie, que se llaman en zoología la r y la K. Producir individuos de desarrollo rápido, corta vida y alta fertilidad, como hacen los insectos, o de desarrollo lento y menor potencial reproductivo como los mamíferos. Las especies de estrategia r aparecen y se mantienen con crecimiento exponencial hasta desaparecer bruscamente cuando las condiciones cambian. Son pioneras, ocupan áreas nuevas con facilidad y se extienden con rapidez. No sufren el envejecimiento. Las especies de estrategia K tienen mayor tamaño, duran más tiempo y mantienen las poblaciones más o menos estables. Aunque en estas especies se da el envejecimiento, en la naturaleza suelen morir antes de que se manifieste, por depredación.

Desde el punto de vista de la selección natural, morir no es inevitable, y mucho menos tener una expectativa de vida (longevidad máxima) de 120 años, como en el caso de la especie humana. Hay una enorme diversidad de opciones en la naturaleza: los que no envejecen, los que no mueren, los que envejecen y mueren, los que viven durante muchas décadas hasta que se reproducen y entonces mueren súbitamente, etc. Por no hablar de las distintas duraciones de vida según los organismos, cuyo rango se extiende en un continuo desde unos pocos días hasta miles de años. Es decir, que la misma materia, según el programa genético que contenga, tiene una duración mayor o menor.

 

Factores del envejecimiento

Fruto de las investigaciones de las últimas décadas, los biólogos han descubierto genes y procesos celulares que están relacionados con el envejecimiento y la muerte aunque de forma aislada no ofrezcan una explicación completa de cuál es su porqué. Además, basados en algunos de estos trabajos científicos han surgido multitud de teorías, unas considerando que el envejecimiento es fruto de errores no previstos, mutaciones del ADN, fallos de programación y acumulación de desechos que van a apareciendo con el tiempo de una manera aleatoria, y otras que dicen que todos estos efectos están ya programados en los genes desde su comienzo. Es una cuestión delicada, puesto que en este tema es difícil separar causas de efectos, y saber si los factores que aquí abajo enumeramos constituyen el origen o el resultado del envejecimiento y la muerte.

  1. Acortamiento de los telómeros

Las células de cada tejido tienen una velocidad o ritmo determinado y se sabe que cada tipo celular se divide un número fijo de veces. Si nosotros cultivamos fibroblastos (células de la piel) vamos a ver que a las cincuenta divisiones las células dejan de dividirse y mueren. Se ha observado que la parte más externa de los cromosomas, llamada telómeros –que no contiene información genética, sino que tienen un papel estructural, sirviendo de punto de anclaje a la membrana nuclear y dando estabilidad a los cromosomas– va acortándose con cada división sucesiva. En cada división se perdería un fragmento, hasta que llega un momento en que los telómeros son tan cortos que los cromosomas dejan de tener estabilidad, la célula no puede dividirse más e inicia su muerte.

Sin embargo, en las células germinales, las que dan lugar a óvulos y espermatozoides, existe una enzima, la telomerasa, que en cada división se encarga de reparar los telómeros para que no se pierda ningún fragmento. Y curiosamente dichas células son potencialmente inmortales. Es decir que no tienen un número fijo de divisiones sino que se dividen ad infinitum. Lo que llama más la atención es el hecho de que las células cancerígenas tienen también activa esta misma enzima de tal forma que sus telómeros no se acortan, y eso les permite seguir dividiéndose indefinidamente.

Esta evidencia del papel de los telómeros sobre la longevidad celular que en humanos podría explicar parcialmente el envejecimiento no sirve para otros animales como el ratón, cuyos telómeros no decrecen con el número de divisiones pero que igualmente envejecen y mueren.

2. Radicales libres

Las células consiguen su energía a partir de la alimentación y el oxígeno, para producir una «moneda interna» de energía, que es la que les sirve a ellas para funcionar: el ATP, el trifosfato de adenosina. Nosotros no podemos ingerir ATP directamente porque no llegaría hasta las células, por eso tomamos glúcidos, prótidos, lípidos, minerales y oxígeno, y las células lo trasforman en esta molécula tan importante para la vida. Durante los últimos pasos de este conjunto de reacciones, se generan una serie de subproductos “indeseados” llamados radicales libres, es decir, moléculas que contienen oxígeno, pero en donde éste tiene uno de sus electrones desapareado. Esto los convierte en unas sustancias tremendamente reactivas que la célula tiene que neutralizar, antes de que le produzca daños. Para ello cuenta con una maquinaria antioxidante. Sin embargo, como no es un sistema perfecto, con el tiempo se acumulan radicales libres que no han podido ser eliminados, que son los que contribuyen a que se produzca el daño celular. Las células dañadas, según donde se ha producido el daño, pueden bajar su nivel de actividad, tener una función alterada, volverse malignas, o autodestruirse.

Los radicales libres pueden dañar principalmente la membrana de la célula, el ADN y las mitocondrias. Pero también pueden por ejemplo oxidar el colesterol y contribuir a la formación de arteriosclerosis, o modificar el potencial redox del humor vítreo del cristalino del ojo y dar lugar a cataratas.

  1. Daño mitocondrial

Esta teoría ahonda en las mitocondrias como pieza clave del envejecimiento y de determinadas enfermedades, como el Parkinson, el Alzheimer o la diabetes. Fundamentalmente donde los radicales libres producen el daño es en las mitocondrias, que son los orgánulos donde se dan las últimas reacciones para generar el ATP, por eso, con la edad, las células tienen menos capacidad de generar energía, lo que provoca una disminución de la vitalidad en los ancianos.

  1. Metabolismo energético o Teoría de la velocidad de vida

Esta teoría parte de la observación de que parecería existir, en muchos grupos distintos de organismos, una especie de constante metabólica, un cupo fijo de energía, que cada especie consumiría a un ritmo distinto. Es decir que la duración máxima de la vida de una especie es inversamente proporcional a su tasa metabólica. Existiría una ecuación “universal” que sería: longevidad = potencial de energía / tasa metabólica. Si observamos la fórmula, dado que este potencial de energía sería fijo, la longevidad de las especies podría aumentar si se reduce esta tasa metabólica. Y se ha comprobado que efectivamente es así. Hay dos formas de hacerlo. En los organismos de sangre fría, como los insectos, el vivir a temperaturas más bajas, hace que las reacciones metabólicas vayan más lentas, y eso incrementa su longevidad. En el caso de los humanos, como independientemente de la temperatura del exterior, nuestro cuerpo se encarga de mantener por homeostasis, una temperatura constante en el interior, esto no sería posible. La otra manera de aumentar la longevidad es reducir el consumo de calorías, porque con ello reducimos la tasa metabólica. Por tanto, lo único seguro hasta la fecha para aumentar nuestros años de vida y vivir de forma más saludable, con menos enfermedades crónicas, es reducir nuestro consumo energético. Está comprobado que en cualquier edad en la que nos encontremos, para vivir más tiempo, basta con reducir las calorías en la dieta, sin caer en la desnutrición, es decir, manteniendo todas las vitaminas, proteínas y minerales proporcionados.

  1. Factores genéticos del envejecimiento

Se sabe que es más probable que lleguemos a edades longevas si nuestros abuelos han muerto a edades avanzadas que en caso contrario, lo que indica que existe un componente hereditario en el envejecimiento. Sin embargo, los estudios emprendidos permiten entrever que no es cosa de unos pocos genes, sino que es un proceso complejo, controlado por muchos genes. No obstante, se han descubierto algunos que tienen un efecto importante. Hay genes de inmunidad, los del sistema HLA, que se ven más representados en los ancianos centenarios, lo cual vine a subrayar la estrecha relación entre el envejecimiento y la disminución de las funciones del sistema inmunitario.

Además, existen enfermedades de envejecimiento acelerado, como la progeria, por suerte muy escasas en la población, en donde los individuos para los 20 años ya tienen el pelo blanco, o calvicie y sufren degeneraciones óseas y trastornos propios de la vejez. Estudiando estos enfermos se ha descubierto que esta enfermedad hereditaria está causada por un único gen, bastante complejo, una helicasa, que se encarga de separar las hebras del ADN, para ayudar a copiarlo y a traducirlo en proteínas, y para permitir que sea reparado en caso de daño. Lo cual sugiere que la vejez pueda deberse en parte a una imposibilidad para reparar y copiar el ADN.

En cuanto a la longevidad de las propias células, se ha visto que hay genes antitumorales, o antioncogenes, como el p53, que son una especie de vigilantes celulares, que en cuanto descubren que una célula está funcionando mal activan el sistema de muerte celular. Estos genes limitan también el número de divisiones de la célula, de tal forma que se ha visto que si no están presentes en la célula ésta es capaz de dividirse unas veinte veces más de lo normal.

  1. entropía

El segundo principio de la termodinámica establece que los procesos naturales discurren siempre en el sentido de un desorden creciente, hacia el caos. La entropía se aplica a los sistemas cerrados, y aunque los seres vivos se encuentran dentro de un sistema cerrado que es el universo, se comportan como sistemas abiertos, que intercambian energía con el exterior, de tal forma que envían al entorno su entropía y así pueden mantenerla en niveles bajos. De este modo alcanzan una situación estable de no equilibrio llamada estado estacionario, que permite que temporalmente los organismos puedan revertir esa tendencia al caos aumentando sus estados de organización. Sin embargo, esta situación es inestable y la entropía acaba por hacerse cada vez mayor, siendo sus síntomas el envejecimiento y la muerte.

Envejecimiento y muerte celulares

La vida de las células de nuestro organismo está supeditada a nuestro programa genético. Cada tipo de célula tiene una capacidad de multiplicarse limitada, después de lo cual inicia su muerte.

Algunas funciones vitales del organismo dejan de estar aseguradas mucho antes de que se llegue a alcanzar este límite último de las divisiones celulares. Es decir que el organismo no muere porque sus células estén exhaustas. A la hora de la muerte la mayoría de las células de los órganos del cuerpo humano se encuentran todavía en buenas condiciones. Es decir, que han sido diseñadas con un amplio margen, para durar más de lo que realmente lo harán.

Cuando una célula, en el otoño de su vida, inicia su muerte, lo hace de forma organizada: es lo que se conoce como apoptosis, un vocablo griego que significa “caída de las hojas en otoño”. Es una ruta celular que siguen las células, bien voluntariamente, o bien mediada por linfocitos externos, en donde mueren silenciosa y limpiamente, siendo reabsorbidas por las de su alrededor. Podríamos ver un paralelismo con esas mujeres esquimales ancianas de épocas pasadas que se dice que cuando se quedaban sin dientes y ya no podían comer, salían al bosque helado, y se entregaban voluntariamente a la muerte por congelación, para no ser una carga para su comunidad.

 

 

 

La muerte de las células es necesaria para equilibrar el ritmo de proliferación y también para eliminar a las que se van deteriorando. Es decir que los tejidos están en constante renovación. Nosotros en unos meses nos hemos renovado por completo. Pero aunque son nuevas células, tienen memoria de la edad total del individuo, no nacen “inocentes”, sino que llevan la herencia que les han dejado sus células progenitoras. Cuatrocientos mil millones de células nacen cada día en nuestro cuerpo, y son capaces de “recordar” desde cuándo el individuo al que pertenecen está vivo, que sería lo mismo que para nosotros tener conciencia del tiempo que ha pasado desde que se formó la Tierra. Esto les permite saber además cuánto tiempo de vida les queda por delante, a ellas y sus descendientes.

Pero la muerte celular no es una ley inexorable de la naturaleza. Las células podrían ser inmortales. De hecho, algunas de nuestras células se saltan este programa de muerte, y su inmortalidad nos causa serios problemas. Curiosamente, la mayoría de los cánceres están relacionados con fallos en la apoptosis, con ausencia de muerte (especialmente por la activación del oncogen bcl2) y no sólo con una proliferación descontrolada, como se creía hasta hace poco.

Por otro lado, sí que tenemos algunas células inmortales y que no son patológicas. Son de dos tipos: células madre (de la médula ósea y la piel, y en mujeres embarazadas también las del cordón umbilical), y células germinales. En ellas la telomerasa permanece activa e impide que se pierdan fragmentos de los cromosomas, de tal forma que no existe un límite de divisiones. En los óvulos y espermatozoides, el contador, el reloj biológico interno se pone a cero, para dar paso con el zigoto a una nueva vida, en la que esta vez, las células han perdido el recuerdo del tiempo y parten “inocentes”.

Hay dos formas en que una célula puede desaparecer. Puede o bien morir por agentes perjudiciales o bien ser “inducida” a cometer suicidio. Es lo que se conoce como necrosis y apoptosis, respectivamente. En la necrosis, las células tras haber sufrido un daño mecánico o una exposición a productos tóxicos, experimentan una serie de cambios dramáticos. La célula se hincha, debido a que ya no puede controlar el paso de los iones y el agua, la membrana celular estalla y el contenido celular sale al exterior, lo que lleva a una inflamación de los tejidos colindantes. Por el contrario, en la apoptosis las células que mueren se condensan, al irse eliminando el agua, mientras la membrana celular y los orgánulos permanecen intactos. La cromatina del núcleo se degrada, sus mitocondrias se fragmentan, pero el contenido celular nunca se derrama hacia el exterior. La célula apoptótica es fagocitada por macrófagos o por células vecinas, evitando así una reacción inflamatoria local. El patrón es tan ordenado que a menudo se le llama muerte celular programada. La apoptosis está mediada por enzimas proteolíticas llamadas caspasas. Las caspasas existen en todas las células como precursores inactivos, o procaspasas, que normalmente se activan cuando la célula recibe las señales de muerte intracelulares o extracelulares.

¿Por qué una célula ha sido programada para autoeliminarse? Hay dos razones: (1) Por un lado, la muerte celular se necesita para el desarrollo adecuado del organismo.

Aunque acostumbramos a pensar en la muerte como algo negativo, no estaríamos vivos si en nuestro desarrollo y mantenimiento no hubiese muerte. Por ejemplo, durante el desarrollo embrionario deben morir muchas células para que se formen los dedos, puesto que las manos y los pies del feto se esculpen, es decir, aparecen primero con la forma de una manopla y luego las células interdigitales deben desaparecer. En el desarrollo del sistema nervioso, se generan muchas neuronas, de las cuales sólo sobreviven las que han realizado las conexiones (sinapsis) correctas entre ellas, las células sobrantes deben ser eliminadas. También se realiza por apoptosis el desprendimiento de la capa interna del útero (endometrio) al principio de la menstruación y la regresión del útero después del parto.

Ya de adultos las células deben hacer frente a la demanda del entorno, y se adecuan a las condiciones externas regulando el tamaño de los órganos, aunque para eso tengan que morir poblaciones enteras de células. Eso sin contar la apoptosis de las células que ya son viejas.

(2) Por otro lado, la muerte celular programada se necesita para destruir las células que representan una amenaza para la integridad del organismo. Estas células son:

(a)   las células infectadas con virus. Uno de los métodos por los que los linfocitos T citotóxicos matan a las células infectadas con virus es induciendo su apoptosis.

(b)  Los glóbulos blancos del sistema inmunológico. La respuesta inmune ante un invasor extraño requiere la proliferación de los linfocitos T y/o los B. Cuando su trabajo ha concluido, deben ser eliminados (por apoptosis) para que no supongan una amenaza y se vuelvan contra las células normales del individuo, dejando sólo una pequeña población de células de memoria. Fallos en esta maquinaria de apoptosis están asociados con enfermedades autoinmunes, como el lupus eritomatoso y la artritis reumatoide. En el caso del virus del SIDA, los pacientes presentan niveles muy bajos de linfocitos T, porque el virus los induce a cometer suicidio por apoptosis. Y muchos cánceres actúan también inhibiendo esta ruta de autodestrucción.

(c)   Las células que sufren daño en el ADN, responden incrementando su producción de p53, que es un potente inductor de apoptosis. No es de extrañar que se encuentren muy a menudo mutaciones del gen p53 en las células cancerígenas (es decir, fallos en este gen que impiden que las células mueran).

(d)   algunas células cancerígenas pueden entrar en apoptosis siguiendo un mecanismo especial al recibir radiaciones y quimioterapia.

 

¿Es realmente corta la vida?

Nuestro tiempo de vida está inscrito en los genes. Este descubrimiento ha provocado una investigación febril buscando conseguir la inmortalidad física. Hoy en día los científicos admiten que el envejecimiento es multifactorial. La expectativa de vida del hombre está controlada por muchos genes y procesos distintos, que se solapan y entrecruzan, haciendo prácticamente imposible poder modificar en ese código genético exclusivamente la cantidad de años de vida sin afectar otros parámetros, muchos de los cuales podrían no revelarse hasta la edad adulta. No obstante han surgido empresas biotecnológicas cuya función es la búsqueda de genes, procesos y productos que nos permitan vivir más.

Sin entrar en los riesgos potenciales que podría comportar, analicemos por qué queremos vivir más. Si la aspiración del hombre fuese conseguir una mayor longevidad como humanidad, como conjunto, que viviésemos todos más tiempo, bastaría con mejorar el nivel de vida de todos los millones de personas que viven en Asia y África, con sencillos programas para paliar el hambre en el mundo y la esperanza de vida aumentaría vertiginosamente. Así que debemos admitir que nuestro interés es un poco más egoísta.

Hoy en día todo el mundo sueña con vivir más, lo cual en nuestra sociedad actual es un contrasentido. Vivir más significa alargar el envejecimiento. No es vivir más tiempo en estado joven, no es tener treinta años durante toda una década, sino que es vivir más tiempo como viejos, justo el segmento de la población que hoy en día es menos apreciado. En Roma, ser anciano era un mérito, se valoraba. Sólo los hombres de más de 46 años podían ser senadores. La palabra senador viene de senior, anciano. Sin embargo, hoy todo el mundo busca ser joven, disimular la edad, seguir las modas... en una carrera desenfrenada por eludir nuestra inexorable cita con las Parcas. Y a los ancianos, en cuanto podemos los mandamos a una residencia...

A pesar de nuestros esfuerzos, y de la misma manera en que los anillos de crecimiento del tronco nos permiten saber la edad de los árboles, nada mide mejor el envejecimiento en el hombre que el número de años vividos. Tanto es así, que todos nosotros con una rápida mirada podemos saber en la mayoría de los casos la edad de una persona. Sabemos inconscientemente qué cambios hay a los veinte, cuáles se dan a los treinta y qué aspecto se suele tener a los cuarenta. Es un programa que llevamos inscrito en los genes de una manera muy elaborada. Por eso lo que nos están “vendiendo” es ser viejos durante más tiempo, que tengamos menos arrugas y que las enfermedades crónicas no lleguen a hacer peligrar nuestras vidas “demasiado pronto”.

Ya los griegos, con la gran sabiduría que encierran sus mitos, nos previnieron de ello. Dicen que Eos, la aurora, pidió a Zeus que confiriera a su amante la inmortalidad, y tanto le rogó, que Zeus finalmente accedió. Pero Eos se olvidó de pedirle también la eterna juventud, de tal forma que su amante vivía lleno de achaques y enfermedades, como un viejo decrépito, sin poder morir.

Aun así, incluso esto es una utopía desde el punto de vista económico. Vemos cómo Norteamérica y Europa tienen una población vieja, con una alta esperanza de vida, y pocos nacimientos, de tal forma que se debate incluso el futuro de las pensiones, porque es un tipo de sociedad inviable.

Sin embargo, nuestro mundo sigue empeñado en vencer al tiempo. Así que nos planteamos: ¿Es suficiente el tiempo que vivimos?, ¿es poco, es mucho?

Deberíamos decir que es relativo. Para una mosca, que vive unas semanas, sería mucho, para un arándano silvestre, que puede vivir unas decenas de miles de años,  tal vez sería poco. Pero ¿es que acaso podemos asegurar que una mosca no haya vivido muchas y distintas experiencias en ese corto espacio de tiempo? Lo cual nos lleva a otra pregunta: ¿Son sinónimos cantidad de tiempo e intensidad del mismo? No. Por tanto, lo que hace nuestro tiempo corto o largo es más bien nuestra apreciación psicológica de él. ¿Por qué a veces creemos que el tiempo pasa muy deprisa? Sencillamente, porque somos inconscientes de él. Para tener una vida más larga y más intensa la clave es tomar conciencia de nuestras experiencias y de nuestras relaciones con el entorno.

Del mismo modo, todos hemos constatado alguna vez que es más larga una hora de dolor, que un día de felicidad. Recordemos la anécdota del enfermo que consulta a su médico, y éste le dice que le quedan tres meses de vida. El enfermo le pregunta si no habría algún medio de alargar ese periodo, y el médico le dice: «Sí, por supuesto, pero para ello lo que tiene que hacer es seguir una dieta estricta a base de lechuga, no tomar ninguna otra bebida que no sea agua, no fumar, no tomar calmantes ni medicamentos aunque tenga dolores,  no ver la televisión, no salir de casa, no tener relaciones sexuales...» Pero doctor, ¿así viviré más? «No, ¡pero esos tres meses se le van a hacer eternos!».

Como conclusión, podemos decir que en términos biológicos no se ha encontrado todavía un determinismo sobre nuestra muerte. Si hay alguna limitación biológica por la cual no pudiésemos vivir más tiempo o eludir la muerte, a la luz de los conocimientos actuales, no se conoce.

Los científicos en general piensan que es nuestro programa genético el que nos condiciona a vivir y morir en los plazos en que lo hacemos. El debate ahora se centra en cuestiones sutiles como si se trata de un desenlace previsto o de un deterioro de ese programa genético, es decir, si el envejecimiento es un hecho pasivo o activo en el desarrollo de nuestra vida.

Tal vez la necesidad de mantener el organismo dentro de unos tamaños y límites físicos determinados (que es lo que provoca que nuestras células tengan programada su muerte) sea la que al final incline la balanza del lado de la muerte. Como hecho curioso, a todos nos resulta fácil entender que nuestras células mueran por el bien del conjunto (que somos nosotros mismos como organismos vivos) pero nos cuesta admitir la posibilidad de que nuestra muerte pudiese estar diseñada para el bien de la especie, o de algo por encima de nosotros, que obviamente se nos escapa.

Sí, podemos asegurar sin temor a equivocarnos que la muerte y el envejecimiento físicos son inevitables. Por tanto, ese culto al cuerpo tan propio de nuestra sociedad es una lucha estéril, no tiene sentido, ya que es una batalla perdida. Es una muestra de la frivolidad y superficialidad con la que nos hemos acostumbrado a vivir, olvidando sin embargo, que se puede permanecer joven de espíritu, que es lo realmente interesante. Los griegos hablaban de la Afrodita de Oro, la juventud interior, concepto que vuelve a aparecer en la Historia con los alquimistas y su búsqueda del elixir de la eterna juventud. Ser siempre jóvenes es posible: para ello hay que aprender a mirar la vida con profundidad, estar dispuestos a aprender de ella constantemente y disfrutar de cada momento. Carpe diem. ¿El secreto? No dejar morir nuestros sueños.

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